Ante la guerra de Ucrania, el viernes pasado el Papa Francisco consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María. Alguien puede pensar si sirve eso para algo. En 1917, en plena Primera Guerra Mundial, unos niños que no sabían ni leer reciben el mensaje de una Señora de blanco que les dice que recen, y hagan rezar y arrepentirse de los pecados, porque si no vendrá una guerra todavía peor. Se ve que, a pesar del empeño de los pastorcillos, no se hizo mucho caso a aquel mensaje. Francisco no quiere que repitamos el mismo error.


En la oración de Consagración, el Papa Francisco le dirigía a la Virgen estas palabras: "Dios ha puesto en tu Corazón inmaculado un refugio para la Iglesia y para la humanidad... Por eso recurrimos a ti, llamamos a la puerta de tu Corazón... Tú sabes cómo desatar los enredos de nuestro corazón y los nudos de nuestro tiempo... disipa la sequedad de nuestros corazones... Que tu llanto, oh Madre, conmueva nuestros corazones endurecidos... Que tu Corazón afligido nos mueva a la compasión".


¿Hay algo peor que la guerra? Sí, la causa de la guerra. La guerra suele ser consecuencia de la injusticia. Y las injusticias son la consecuencia del pecado que hay en los corazones. Lo decía San Juan Pablo II en el año 2000: "En la medida en que los hombres son pecadores, les amenaza, y les amenazará hasta la Venida de Cristo, el peligro de la guerra". Si la causa de la guerra es la injusticia, y si la causa de la injusticia es el pecado, entonces la solución está en curar el corazón del hombre, de donde surge el pecado. Pero los corazones sólo se curan realmente de Corazón a corazón.


Hace poco fue testigo en la calle del siguiente episodio. En un paso de peatones que acaba de ponerse en verde llegó un coche que venía de torcer de otra calle. Frenó bruscamente cuando vio que pasaban un peatón corriendo y dos ciclistas, y les pitó, quizá porque no había visto que para él estaba rojo. Pero en ese momento varias personas que estaban también para cruzar empezaron a increparle a coro al conductor y gritarle "está verde, está verde", acompañado de todo tipo de "epítetos". También, en otra ocasión, en un cruce grande, con poca circulación, un peatón cruzó por en medio, con poca preocupación. Un coche que llegaba le pitó por cruzar por allí, a lo que el peatón le contestó automáticamente, como dicen los niños sacando "el dedo de la palabrota". Estas escenas de agresividad son frecuentes todos los días. Incluso podemos ser nosotros actores principales, aunque no estemos nominados a los Oscar. ¿Quizá es que necesitamos sacar, como en aquella novela de Orwell, nuestros «minutos de odio»? ¿No nos estamos comportando como niños consentidos, temerosos de perder sus juguetes? ¿Acaso es nuestro corazón una hoya a presión llena de ira? ¿No es ese el mismo odio que todo el pueblo dejó recaer, hace dos mil años, sobre un solo Inocente?: «Nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él» (Is 53, 4-5).


Se cuenta en el Antiguo Testamento que hubo una vez un hombre único: la única persona que "hablaba con Dios cara a cara" (Ex 33, 11). Ese personaje fue Moisés. Poder hablar con Dios cara a cara ha sido la gran pretensión de los hombres, desde la pérdida del Paraíso. Sólo Moisés, entre todo el pueblo judío, fue elegido para subir al monte Sinaí y encontrarse con Yahvé y poder escucharle. Y cuando volvía de hablar con Dios dice la Biblia que le brillaba tanto la cara que debía ponerse un velo para no deslumbrar a los demás. Esto enseña una gran verdad teológica, como toda la Biblia, y es que el rostro refleja el corazón. Como diría luego Jesús, "de la abundancia del corazón habla la boca" (Lc 6, 45).


Recordamos seguramente de películas admirable historia de Moisés, de quien podemos aprender mucho, pero una vez más a quien de verdad debemos imitar es a Jesús. Imitarle es uno de los motivos de que Dios se hiciera hombre. «Aprended de mi soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Es la segunda de las Bienaventuranzas: Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.


Fue precisamente sobre esta bienaventuranza de lo que les habló el papa Francisco a los cristianos cuando estuvo en Abu Dabi: «No es bienaventurado quien agrede o somete, sino quien tiene la actitud de Jesús que nos ha salvado: manso, incluso ante sus acusadores». El que agrede o maltrata a los demás, de una forma u otra, manifiesta un corazón corrompido en mayor o menor medida.


Lo de ser manso nos puede sonar a los toros mansos, o a un león amaestrado. Para Nietzsche esa mansedumbre convierte a los cristianos en seres pusilánimes. Nada más lejos de la realidad. Sólo con la paciencia y la mansedumbre tenemos acceso a toda la fuerza que el cristiano necesita. Como decía Benedicto XVI: "No se trata de sofocar el deseo que existe en el corazón del hombre, sino de liberarlo, para que pueda alcanzar su verdadera altura". Nadie es más poderoso que el que es dueño de sí mismo, el que es capaz de dominar la violencia, ira, enfados, indignación o arrebatos propios. Son muy humanas esas reacciones, es cierto, pero nosotros debemos actuar como criaturas divinas. Y al igual que el mar, sólo mantiene la calma, pese a las tormentas, quien tiene profundidad.


Jesús, tus palabras siempre son actuales: «Los poderosos someten y tiranizan a los pueblos, no sea así entre vosotros» (Mt 20, 25). Ayúdame a ser grande, ayudando a los que están a mi alrededor, ayúdame a ser poderoso, sometiendo mis impulsos y mis reacciones. Éste es el sentido de las penitencias cuaresmales: aprender a ser severos y exigentes con nosotros mismos y comprensivos e indulgentes con los demás.


Cuántos sacrificios hacemos por el deporte, por la apariencia, por la salud... por lo corporal. Y que mal visto está sacrificarse por forjar el carácter, por purificar el alma, por demostrar nuestro amor a Dios sobre todas las cosas. ¿Qué pequeños sacrificios puedo ofrecerte, Señor?: en las comidas, en los gastos en caprichos, en el tiempo dedicado a las pantallas...


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En la Cuaresma nos preparamos para Semana Santa. Miremos a Cristo atado a la columna. Él es el Omnipotente, el Rey del universo, que ha vencido al mundo, es el Juez supremo. «Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre» (Is 53, 11-12).


A Él pertenece cuanto existe, «porque los mansos heredarán la tierra». El rostro de Moisés brillaba después de ver a Dios. Jesús, a pesar de cómo te tratamos, tu corazón no es una hoya a presión de odio: «voluntariamente se humillaba y no abría la boca: como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca» (Is 53, 7). Tu rostro está lleno de sangre y sufrimiento, pero cuando te miro me asomo a un rostro también de infinita serenidad y amor.


Te miro, Jesús, en la Custodia. Tú quieres que ahora ya todos hablemos contigo cara a cara. En la Sagrada Hostia eres la mansedumbre absoluta. Y desde ahí estás cambiando el mundo, porque estás cambiando los corazones. Quiero mirarte, atado a la columna, quiero mirarte clavado en la Cruz, quiero mirarte oculto en la Eucaristía, para que cambies mi corazón.


María, tú mirabas durante horas a tu Hijo, como lo sigues haciendo ahora. Tu Inmaculado Corazón es tan grande que entramos toda la humanidad en Él. Te consagro también mi corazón, para que lo llenes de paciencia, de mansedumbre, de paz.




Es muy conocida la historia de los 300 espartanos que murieron en la batalla de las Termópilas, pero hay otra batalla heroica con 300 soldados que no es tan conocida y viene narrada en el libro de los Jueces.


El juez Gedeón se veía incapaz de luchar contra un gran ejército, enemigo de los judíos. Por eso le pidió ayuda a Dios. Yahvé le prometió su ayuda si iba a la batalla con un menor número de guerreros. Le dijo Dios: pregona a oídos del pueblo: «Quien tenga miedo y tiemble, vuelva y márchese por el monte Galaad». Se volvieron veintidós mil del pueblo y quedaron diez mil. Mas el Señor dijo a Gedeón: «Es todavía mucha gente. Haz que bajen a la fuente y allí los seleccionaré. Y cuando llegaron a una gran fuente, Dios quiso que se quedara sólo con aquellos que bebieron llevando el agua con sus manos a la boca, y no los que bebieran agachándose directamente del agua. El Señor declaró a Gedeón: «Os salvaré con los trescientos hombres que han bebido con la mano y entregaré a Madián en tu mano. El resto de la gente, que cada uno se vuelva a su casa». Y así ocurrió.


Cuando Jesús busca a sus discípulos les pide renunciar a sus bienes. Y no todos están dispuestos. Como se cuenta en el evangelio de Marcos, Jesús al joven rico le dice: "«Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme». A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!». Los discípulos quedaron sorprendidos de estas palabras. Pero Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! (Mc 10, 21-24).

¿Por qué, Señor, quieres que nos desprendamos de tantas de tantas cosas buenas?

Nos adviertes que es imprescindible vivir la pobreza para formar parte del Reino de Dios. Es la primera de las Bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» . Se dice que es la bienaventuranza más importante, porque resume todas. San Pablo llega a decir que "el amor al dinero es la raíz de todos los males" (1 Tim 6, 9-10).

La pobreza de espíritu no se refiere a la miseria, que es un mal social. El dinero no es malo. Sí es poner en él nuestra deseo de felicidad y nuestra seguridad más profunda, y hoy para nosotros el dinero es nuestro ídolo. En cambio, la virtud de la pobreza es confianza en Dios. En la Biblia los pobres de espíritu son los anawin, palabara hebrea que quiere decir "los pobres de Yahvéh", los que esperan todo de Dios y sólo en Él, aún poniendo todo lo posible de su parte. Son también el llamado "resto fiel", o el "pequeño resto", que iba a recibir al Mesías Salvador.

Otra historia de la Biblia que lo ilustra es el éxodo. A los pocos meses de estar en el desierto los judíos echan de menos las comodidades materiales de Egipto, a pesar de que allí eran esclavos. Dice la Escritura que Dios les castiga haciéndoles vagar 40 años, lo que quiere decir que entrará en la Tierra Prometida la siguiente generación, acostumbrada a depender totalmente de la protección divina incluso para comer y beber. Ellos sí estarán preparados para conquistar la tierra de Canaan. Tanto como para decir en el salmo 44: «yo no confío en mi arco, ni mi espada me da la victoria; tú nos das la victoria sobre el enemigo y derrotas a nuestros adversarios».

¡Cuantas cosas creemos necesitar, y creemos poseer las cosas!, pero ¿no serán las cosas las que nos poseen a nosotros?

Pero para conquistar la felicidad auténtica hay que confiar en Dios más que en nuestras seguridades.

Circuló por Internet el siguiente texto: Anoche mi mamá y yo estábamos sentados en la sala hablando de las muchas cosas de la vida... entre otras... estábamos hablando de la idea de vivir o morir. Le dije: 'Nunca me dejes vivir en estado vegetativo, dependiendo de máquinas y líquidos de una botella. Si me ves en ese estado, desenchufa los artefactos que me mantienen vivo, prefiero morir". Entonces: mi mamá se levantó con una cara de admiración. Y me desenchufó el televisor, la wifi, el sky, la tablet, el nextel, el ipod, el stereo, la Xbox y ¡¡me tiró todas las cervezas!!... ¡¡¡casi me muero!!!

Como aquellos judíos podemos acostumbrarnos a la esclavitud, y huir de la incomodidad de la libertad, y olvidar nuestra dignidad. Como dijo el Papa Francisco: "el consumismo es un virus que infecta la fe desde la raíz, porque te hace creer que la vida depende sólo de aquello que tienes, y así te olvidas de Dios, que viene al encuentro, y de quien tienes a tu lado". Y como escribió en su documento sobre la santidad en el mundo actual: "Las riquezas no te aseguran nada. Es más: cuando el corazón se siente rico, está tan satisfecho de sí mismo que no tiene espacio para la Palabra de Dios, para amar a los hermanos ni para gozar de las cosas más grandes de la vida. Así se priva de los mayores bienes" (Gaudete et exultate).


Hay una frase que dice: "sólo tienes realmente lo que das". Dios mío, sólo Tú nos haces bienaventurados. Ayúdame a ser pobre de espíritu, a ver a qué cosas tengo que renunciar, a compartir todo lo mío, a confiar más para ponerme en tus manos. Sólo así descubriré cuál es la verdadera riqueza. Tú nos dices: No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón (Mt 6, 19). Hoy podríamos sustituir polilla y carcoma por los impuestos y la inflación. Tendrás un tesoro en el cielo, le dijiste al joven rico. Y más severas son tus palabras del Libro del Apocalipsis contra los cristianos acomodados: Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio, ni frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca. Porque dices: «Yo soy rico, me he enriquecido, y no tengo necesidad de nada»; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas (Ap 3, 15-18).

La mayor riqueza sólo Tú nos la das: reconocimiento, paz, serenidad, afecto... Que no lo busque en las cosas, ni siquiera en las personas. ¡Sólo Dios basta! que decía Santa Teresa.

Acudimos también a la ayuda de San José y de la Virgen. Ellos son el ejemplo perfecto de anawin, los pobres del Señor, los pequeños que cambiaron el mundo, confiados en la protección de Dios, los más felices en la Tierra.


Una de las páginas escritas más bellas que existen es la del Sermón de la Montaña, recogido en los capítulos 5 a 7 del Evangelio de San Mateo.


Cuando el Papa Francisco publicó en 2018 la exhortación Gaudete et exsultate, documento sobre la llamada a la santidad en la vida cotidiana, utilizó de guía las Bienaventuranzas, con las que empieza el Sermón de la Montaña, porque «las Bienaventuranzas no son para súper-hombres, -como decía en otra ocasión- sino para quien afronta los desafíos y las pruebas de cada día».


Empieza indicando el Papa en este documento que bienaventurado es sinónimo de feliz y también sinónimo de santo. Pero este camino a la felicidad que propone Jesús es distinto a lo que se suele oír en los libros de autoayuda.


Mt 5, 3: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa.

Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.


Todos los reformadores que prometen a los hombres una mejoría de su suerte la hacen depender de revoluciones políticas o de transformaciones sociales. Destruirán para mejor reconstruir, tras de lo cual el mundo será más dichoso. Jesús, que no es un charlatán, procede exactamente a la inversa. Sus discípulos no serán dichosos más tarde: lo son ya desde ahora mismo.


Eso mismo es lo que recordó Francisco cuando estuvo en Abu Dabi, dirigiéndose a una minoría de cristianos que viven su fe a contracorriente:

«No serás bienaventurado, sino que eres bienaventurado: esa es la primera realidad de la vida cristiana. No consiste en un elenco de prescripciones exteriores para cumplir o en un complejo conjunto de doctrinas que hay que conocer. Ante todo, no es esto; es sentirse, en Jesús, hijos amados del Padre. Es vivir la alegría de esta bienaventuranza, es entender la vida como una historia de amor, la historia del amor fiel de Dios que nunca nos abandona y quiere vivir siempre en comunión con nosotros».


Entender así la vida como una historia de Amor incondicional de Dios. «En esto consiste la vida eterna, que te conozcan a Ti, Padre, y al que Tu has enviado» (Jn 17, 3).


«Bienaventuranza», en su sentido bíblico original, se refiere a felicidad perfecta, aquella para la que fuimos creados. Una felicidad que se hace realidad sobre la certeza de que Dios nos ama infinitamente.


Como dejó escrito un artista: Si Dios tuviera un refrigerador, tendría tu foto pegada en él.

Si El tuviera una cartera, tu foto estaría dentro de ella.

El te manda flores cada primavera.

El te manda un amanecer cada mañana.

Cada vez que tú quieres hablar, El te escucha.

El puede vivir en cualquier parte del universo, pero El escogió tu corazón.

Dios no te prometió días sin dolor, risa sin tristeza, sol sin lluvia, pero El si prometió fuerzas para cada día, consuelo para las lágrimas, y luz para el camino.

Descubrir esto, sentirlo y vivirlo nos dice Cristo que es el secreto de la vida, aquí y en la eternidad.


También descubrimos otra paradoja en el camino marcado por Jesús, cuando nos habla de lágrimas y persecución, y es que si buscamos la felicidad nos condenamos a no encontrarla. El hombre, cuya condición normal es la de ser dichoso, no está hecho para buscar la felicidad sino para buscar el bien, para ser justo. La felicidad es un don que Dios nos hace y que deriva de nuestra fidelidad a su voluntad de Dios. La dicha es una consecuencia, no un fin. Nosotros no tenemos otro fin que el mismo Dios.


¿En qué pienso yo que está la felicidad?


Un viejo maestro de escuela llevó globos a su aula y regaló uno a cada alumno. A cada niño le pidió que pusiera su nombre en el globo que les había regalado, los dejaran en el suelo y salieran de la clase. Una vez afuera, les dijo: "Tenéis cinco minutos para que cada uno encuentre el globo que lleva su nombre". Los alumnos entraron corriendo a buscar cada uno el globo con su nombre escrito. Se atropellaban unos a otros. Los globos revoloteaban con tanto movimiento de los niños. Se terminaron los 5 minutos y ninguno había podido encontrar el globo que llevaba su nombre. El maestro les dijo ahora: "Coged cualquier globo y entregárselo al dueño del nombre que lleva anotado". En apenas un par de minutos todos los alumnos ya tenían el suyo en la mano. Finalmente, dijo el maestro: "Chicos, los globos son como la felicidad. Nadie la va a encontrar buscando la suya solamente. En cambio, si cada uno se preocupa por la del otro, encuentra rápido la que le pertenece".


Como decía el filósofo Kierkegaard: «La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más».


Jesús nos ha enseñado a los cristianos que la dicha toca en suerte a los que no la buscan, a los que no se buscan a sí mismos, sino que buscan a Dios y saben encontrarlo en la persona de sus hermanos.


Hoy más que nunca, en una sociedad obsesionada por el bienestar propio, la comodidad, la diversión, la autorrealización... Miremos a los santos, los más felices, que se olvidaron de sí mismos. Como hace tanta gente cada día, que se entrega por completo a lo que más merece la pena, servir a los demás, hacer de este mundo algo mejor. Es la santidad de la puerta de al lado, como dice Francisco, cuyo sacrificio pasa desapercibido, pero que hace la vida bienaventurada.


Mira a Jesús en la Custodia, porque en Él se cumplen todas las Buenaventuranzas. Jesús, son tu mejor descripción, de tu Persona, de tu vida. Tú eres la entrega total por amor y a la vez en ti está la Felicidad perfecta.

 
retiro febrero21Artist Name
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