Ascende superius! No es un hechizo de Harry Potter, son las palabras que Jesús emplea en una ocasión en que le invitan a una comida. Jesús se fija en los invitados y entonces aconseja a los discípulos que están junto a Él que cuando les inviten a una fiesta o a un banquete que no busquen los primeros sitios porque puede que el anfitrión les pida que cedan su sitio a otro y quedarán muy mal; por eso deben buscar los últimos puestos, y cuando el anfitrión les vea les diga "ascende superius", sube más arriba, y quedarán muy bien delante de todos. Jesús no está hablando simplemente de apariencias y quedar bien, está hablando de algo muy profundo: habla de la imagen del banquete, que empleará tantas veces, para explicar el Reino de Dios. En el fondo, Jesús una vez más, explica la actitud de la cual Él es el ejemplo perfecto: Él viniendo a la tierra ocupa también el último puesto, humillándose hasta lo indecible, maltratado, humillado; y Dios Padre, dirá San Pablo, "lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre".

Jesús inaugura el banquete del cielo con la Última Cena y allí Él dice las palabras: "ahora es glorificado el Hijo del Hombre" (Jn 13, 31), lo dice minutos antes de que empiece su pasión, que acabará en su glorificación, resucitando y ascendiendo al trono de Dios, sentado a la derecha del Padre.

Pero ¿Jesús no reinaba ya antes como Dios que es? La diferencia es que ahora Jesucristo reina como Rey del universo pero ahora también con su humanidad, es decir, Él está unido para siempre a nosotros y nos lleva a nosotros con Él; por eso les dice también: "me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino (Jn 14, 2-4).


Jesús quiere llevarnos con nosotros con Él a lo más alto, quiere que ascendamos con Él, la fiesta de la Ascensión es el triunfo total de Cristo y de la humanidad, la humanidad nuestra que se une a Dios, la ascensión es nuestra meta, nuestro objetivo, nuestra cima, nuestro fin.

¿Habéis visto como les encanta a los niños subirse a los sitios altos? Siempre nos atraerá los lugares altos, donde se ve todo y la panorámica es preciosa. Aunque no nos guste subir montañas por el esfuerzo que supone, sí subimos torres o edificios altos en ascensor para ver las vistas. Tenemos la ley de la gravedad, pero también tenemos una ley inscrita en nuestro corazón que nos hace aspirar a lo alto, elevarnos, superarnos, crecer, llegar más lejos, superar nuestros límites, y Dios es esa meta. Entre los discípulos más jóvenes de Jesús, dos de ellos, los hermanos Santiago y Juan, llevados por su entusiasmo, le piden ser ellos los primeros en el reino de los cielos. Y Jesús, lejos de apagar esas aspiraciones, les da el secreto para llegar alto, y les dice: "el que quiera ser el primero que se haga servidor de todos" (Mt 20, 27). Eso es lo que Jesús hace, "igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos" (Mt 20, 28). Ayudar a los demás, servirles, es el triunfo más auténtico que podemos alcanzar, el que nos hace elevarnos sobre nosotros mismos, imitar a Jesús.

Julio Verne cuenta en su novela "Cinco semanas en globo" la aventura de una expedición para cruzar en globo África de una costa a otra llevada por los vientos alisios. Pero serán perseguidos por tribus de salvajes y la única forma de salvar su vida será coger altura a base de perder peso e ir arrojando todas sus pertenencias, incluso la misma cesta del globo sujetándose ellos de las cuerdas.


También nosotros debemos elevarnos y liberar el alma de sus kilos de soberbia, arrogancia, avaricia, superficialidad, egoísmo. Es muy importante que le pidamos a Cristo parecernos poco a poco cada vez más a Él. Y la única forma de lograrlo, nos enseñas, Señor, que es desviviéndonos por los demás. Requiere mucho esfuerzo de nuestra parte alcanzar una meta tan elevada, exige mucha negación de sí mismo, olvido de los propios gustos, compartir nuestro tiempo y atención con los demás, ayudar a todos de forma desinteresada. Y no podemos conseguirlo nosotros solos, porque sería como querer elevarnos tirándonos del pelo hacia arriba nosotros mismos.

Si se prepara una fiesta sorpresa para alguien, muchas veces la misma preparación nos ilusiona tanto como la fiesta en sí, porque anticipamos ya la alegría del homenajeado. Jesús, que no me olvide de la fiesta que nos preparas con tanto esfuerzo e ilusión. Y que no olvide que esta vida es la víspera de la fiesta. Si ya en esta vida hay tanta belleza y tantas cosas estupendas, ¡cómo será la vida de celebración junto a Ti! Tú nos has enviado la ubicación de la sala de fiestas, sólo tenemos que querer llegar de verdad siguiendo tus indicaciones.

Jesús, te pedimos tu gracia para elevarnos, necesitamos la ayuda del Espíritu Santo que Tú nos envías, para que Él sea nuestro guía. Google maps a veces nos lía, si de verdad me dejo guiar por Ti me garantizas llegar.

La criatura más maravillosa, María, la llena de gracia, nada más saber que era la elegida de Dios, lo primero que hizo fue realizar un viaje largo y cansado para servir a la persona que en ese momento más lo necesitaba. E Isabel supo reconocer su grandeza: "bendita tú entre todas las mujeres". Es bonito pensar que Jesús desde pequeño siempre vio en su madre que la mayor grandeza está en servir. María, fuiste también elevada. Jesús quiere que yo sea elevado. Ayúdame, Madre mía a cumplir esas palabras de los labios de tu Hijo: Ascende superius!




Los relatos de la resurrección, que nos han llegado de cada uno de los evangelios, coinciden en lo principal, aunque difieren en algunos detalles. Los evangelios, que no son pródigos en pormenores, fueron escritos por personas sin cualidades literarias. Las descripciones exhaustivas y las reflexiones profundas quedan reservadas para el lector. Juan sí incluyó algunos detalles, propios del testigo directo, como es la posición de los lienzos en los que el cuerpo de Jesús fue envuelto, que seguían plegados pero vacíos, y que es lo que le llevó a creer; o el hecho de que él, Juan, por ser más joven llegó primero a la tumba, y también por eso, y por deferencia, esperó a Pedro para entrar.

Sobre la aparición a María Magdalena encontramos a una mujer que había empezado una vida nueva gracias a Jesús. Él curó todas las heridas de su alma. Y ahora se lo han arrebatado. Sólo piensa en ese dolor, vive en ese dolor, sólo ve dolor. Y cuenta las horas para que pase el Sabath y poder ir a embalsamar el cuerpo destrozado de Jesús.

Podemos imaginar su angustia cuando llega ella sola, atrevida y valiente, al sepulcro y ve la tumba vacía, quizá saqueada, profanada, con lo único que le quedaba para manifestarle su amor. Su desesperación es tal que no atiende a razones. Ni de Pedro y Juan, ni de criaturas celestiales. Ella cae al suelo, y llora, y oculta su rostro entre las manos. La vida ya no vale nada. Los seres humanos somos monstruos sin salvación. Ya todo da igual. Lo de ser buenos o malos da totalmente igual. El Cielo está vacío. No existe la Verdad, ni el Bien ni la Belleza.


Nuestra vida tiene tiene altibajos, pero lo más habitual es un estado de ánimo de "ir tirando", "sobreviviendo" solemos decir, con alegrías de bajos vuelos. Recuerdo hace años, antes de ordenarme, un compañero de trabajo me dio el siguiente consejo: "tú no digas siempre que estás bien, porque los jefes te mandarán más trabajo; quéjate con frecuencia". Y es verdad que a veces está bien vista la queja y el cinismo.

Hace poco también me encontré con un amigo en el pueblo de mis padres. Me contaba que estaba allí con su hijo pequeño pasando las vacaciones de Semana Santa. Exultaba con poder ir al pueblo, sobre todo para su niño, y en gran parte, para desconectar del clima habitual de malas noticias. Me pareció buena idea el poder olvidar, durante un tiempo al menos, tantas cosas negativas que nos rodean. Me parece que no es cerrar los ojos a la realidad, sino, al contrario, abrir más los ojos a la realidad, que tiene más de cosas buenas que malas.


También los apóstoles estuvieron cegados por la tristeza y el miedo, encerrados en el cenáculo. Y no serían capaces de creer a las mujeres. Como dice uno de los personajes del escritor Cormac McCarthy: "La luz está en todas partes, lo que pasa es que usted no ve más que sombra alrededor. Y la sombra es usted. Usted hace la sombra" (Sunset Limited). Es cierto, hay mucha luz a nuestro alrededor, y muchas veces sólo estamos hablando de las sombras. Basta salir a la calle y mirar. A mi me admira ya simplemente que todo esté organizado para que haya jardineros y barrenderos que limpian y embellecen lo que es de todos. Me encanta que continuamente la gente se dé las gracias, aunque no se conozcan. Incluso cuando veo que se critica a la Iglesia pienso que eso es gracias a vivir en una cultura cristiana, en la que se exige que la Iglesia sea ejemplar, porque muy en el fondo subsiste la idea de que la Iglesia debe ser santa.

Aún así, nuestras vidas tienen un sustrato de tristeza, que intentamos compensar en parte con pequeñas alegrías. ¿Pero y si hubiese algo tan grande que hiciera la vida absolutamente maravillosa, más allá de todos los problemas? ¿Algo que dejara realmente una sustrato de alegría inmensa, a pesar de las posibles tristezas y problemas? En Madrid y otras ciudades se ha hecho una campaña publicitaria con motivo de la Semana Santa con carteles que anuncian: "Jesús ha resucitado". El lema de la campaña es: Frente a la tristeza, epidemia de esta sociedad, la respuesta es la esperanza cristiana.


Miremos de nuevo a la Magdalena: María, a ti se te ha perdonado mucho porque has amado mucho. Tú eres la elegida por Dios, te has merecido ser la primera, porque Jesús, a tu lado a visto tus lágrimas.


Y oí una gran voz desde el trono que decía: «He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el “Dios con ellos” será su Dios». Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido. Y dijo el que está sentado en el trono: «Mira, hago nuevas todas las cosas». Y dijo: «Escribe: estas palabras son fieles y verdaderas». Y me dijo: «Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tenga sed yo le daré de la fuente del agua de la vida gratuitamente. El vencedor heredará esto: yo seré Dios para él, y él será para mí hijo (Ap 21, 3-7).

Recuerdo que al poco de ordenarme celebré misa a las Carmelitas, y después me invitaron junto al capellán a tener un rato de tertulia con ellas. Nunca había hablado así con ellas. Nunca había visto el convento por dentro. Y me sorprendió el ambiente de profunda alegría que se respiraba entre ellas. Creo que ellas son capaces de ver la verdad, el bien y la belleza más que nosotros. La clave está, como María Magdalena, en descubrir a Cristo no como una filosofía, o una tradición, o unos mandatos, sino como una Persona viva, quizá a nuestra espalda, pero presente junto a nosotros en nuestro día a día,

Jesús, sólo Tú superas toda tristeza y miedo. Ayúdame para saber escucharte pronunciar mi nombre: como ese ¡María!, o como ese ¿Pedro, me amas?

Ellos tampoco te reconocieron a la primera. Ayúdame a saber reconocerte también en el niño, en el anciano, en el enfermo, en el necesitado.

Virgen María, consígueme esa alegría, tuya que nada la puede destruir, al saber que el que mereciste llevar en tu seño ha resucitado verdaderamente.




Ante la guerra de Ucrania, el viernes pasado el Papa Francisco consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María. Alguien puede pensar si sirve eso para algo. En 1917, en plena Primera Guerra Mundial, unos niños que no sabían ni leer reciben el mensaje de una Señora de blanco que les dice que recen, y hagan rezar y arrepentirse de los pecados, porque si no vendrá una guerra todavía peor. Se ve que, a pesar del empeño de los pastorcillos, no se hizo mucho caso a aquel mensaje. Francisco no quiere que repitamos el mismo error.


En la oración de Consagración, el Papa Francisco le dirigía a la Virgen estas palabras: "Dios ha puesto en tu Corazón inmaculado un refugio para la Iglesia y para la humanidad... Por eso recurrimos a ti, llamamos a la puerta de tu Corazón... Tú sabes cómo desatar los enredos de nuestro corazón y los nudos de nuestro tiempo... disipa la sequedad de nuestros corazones... Que tu llanto, oh Madre, conmueva nuestros corazones endurecidos... Que tu Corazón afligido nos mueva a la compasión".


¿Hay algo peor que la guerra? Sí, la causa de la guerra. La guerra suele ser consecuencia de la injusticia. Y las injusticias son la consecuencia del pecado que hay en los corazones. Lo decía San Juan Pablo II en el año 2000: "En la medida en que los hombres son pecadores, les amenaza, y les amenazará hasta la Venida de Cristo, el peligro de la guerra". Si la causa de la guerra es la injusticia, y si la causa de la injusticia es el pecado, entonces la solución está en curar el corazón del hombre, de donde surge el pecado. Pero los corazones sólo se curan realmente de Corazón a corazón.


Hace poco fue testigo en la calle del siguiente episodio. En un paso de peatones que acaba de ponerse en verde llegó un coche que venía de torcer de otra calle. Frenó bruscamente cuando vio que pasaban un peatón corriendo y dos ciclistas, y les pitó, quizá porque no había visto que para él estaba rojo. Pero en ese momento varias personas que estaban también para cruzar empezaron a increparle a coro al conductor y gritarle "está verde, está verde", acompañado de todo tipo de "epítetos". También, en otra ocasión, en un cruce grande, con poca circulación, un peatón cruzó por en medio, con poca preocupación. Un coche que llegaba le pitó por cruzar por allí, a lo que el peatón le contestó automáticamente, como dicen los niños sacando "el dedo de la palabrota". Estas escenas de agresividad son frecuentes todos los días. Incluso podemos ser nosotros actores principales, aunque no estemos nominados a los Oscar. ¿Quizá es que necesitamos sacar, como en aquella novela de Orwell, nuestros «minutos de odio»? ¿No nos estamos comportando como niños consentidos, temerosos de perder sus juguetes? ¿Acaso es nuestro corazón una hoya a presión llena de ira? ¿No es ese el mismo odio que todo el pueblo dejó recaer, hace dos mil años, sobre un solo Inocente?: «Nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él» (Is 53, 4-5).


Se cuenta en el Antiguo Testamento que hubo una vez un hombre único: la única persona que "hablaba con Dios cara a cara" (Ex 33, 11). Ese personaje fue Moisés. Poder hablar con Dios cara a cara ha sido la gran pretensión de los hombres, desde la pérdida del Paraíso. Sólo Moisés, entre todo el pueblo judío, fue elegido para subir al monte Sinaí y encontrarse con Yahvé y poder escucharle. Y cuando volvía de hablar con Dios dice la Biblia que le brillaba tanto la cara que debía ponerse un velo para no deslumbrar a los demás. Esto enseña una gran verdad teológica, como toda la Biblia, y es que el rostro refleja el corazón. Como diría luego Jesús, "de la abundancia del corazón habla la boca" (Lc 6, 45).


Recordamos seguramente de películas admirable historia de Moisés, de quien podemos aprender mucho, pero una vez más a quien de verdad debemos imitar es a Jesús. Imitarle es uno de los motivos de que Dios se hiciera hombre. «Aprended de mi soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Es la segunda de las Bienaventuranzas: Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.


Fue precisamente sobre esta bienaventuranza de lo que les habló el papa Francisco a los cristianos cuando estuvo en Abu Dabi: «No es bienaventurado quien agrede o somete, sino quien tiene la actitud de Jesús que nos ha salvado: manso, incluso ante sus acusadores». El que agrede o maltrata a los demás, de una forma u otra, manifiesta un corazón corrompido en mayor o menor medida.


Lo de ser manso nos puede sonar a los toros mansos, o a un león amaestrado. Para Nietzsche esa mansedumbre convierte a los cristianos en seres pusilánimes. Nada más lejos de la realidad. Sólo con la paciencia y la mansedumbre tenemos acceso a toda la fuerza que el cristiano necesita. Como decía Benedicto XVI: "No se trata de sofocar el deseo que existe en el corazón del hombre, sino de liberarlo, para que pueda alcanzar su verdadera altura". Nadie es más poderoso que el que es dueño de sí mismo, el que es capaz de dominar la violencia, ira, enfados, indignación o arrebatos propios. Son muy humanas esas reacciones, es cierto, pero nosotros debemos actuar como criaturas divinas. Y al igual que el mar, sólo mantiene la calma, pese a las tormentas, quien tiene profundidad.


Jesús, tus palabras siempre son actuales: «Los poderosos someten y tiranizan a los pueblos, no sea así entre vosotros» (Mt 20, 25). Ayúdame a ser grande, ayudando a los que están a mi alrededor, ayúdame a ser poderoso, sometiendo mis impulsos y mis reacciones. Éste es el sentido de las penitencias cuaresmales: aprender a ser severos y exigentes con nosotros mismos y comprensivos e indulgentes con los demás.


Cuántos sacrificios hacemos por el deporte, por la apariencia, por la salud... por lo corporal. Y que mal visto está sacrificarse por forjar el carácter, por purificar el alma, por demostrar nuestro amor a Dios sobre todas las cosas. ¿Qué pequeños sacrificios puedo ofrecerte, Señor?: en las comidas, en los gastos en caprichos, en el tiempo dedicado a las pantallas...


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En la Cuaresma nos preparamos para Semana Santa. Miremos a Cristo atado a la columna. Él es el Omnipotente, el Rey del universo, que ha vencido al mundo, es el Juez supremo. «Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre» (Is 53, 11-12).


A Él pertenece cuanto existe, «porque los mansos heredarán la tierra». El rostro de Moisés brillaba después de ver a Dios. Jesús, a pesar de cómo te tratamos, tu corazón no es una hoya a presión de odio: «voluntariamente se humillaba y no abría la boca: como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca» (Is 53, 7). Tu rostro está lleno de sangre y sufrimiento, pero cuando te miro me asomo a un rostro también de infinita serenidad y amor.


Te miro, Jesús, en la Custodia. Tú quieres que ahora ya todos hablemos contigo cara a cara. En la Sagrada Hostia eres la mansedumbre absoluta. Y desde ahí estás cambiando el mundo, porque estás cambiando los corazones. Quiero mirarte, atado a la columna, quiero mirarte clavado en la Cruz, quiero mirarte oculto en la Eucaristía, para que cambies mi corazón.


María, tú mirabas durante horas a tu Hijo, como lo sigues haciendo ahora. Tu Inmaculado Corazón es tan grande que entramos toda la humanidad en Él. Te consagro también mi corazón, para que lo llenes de paciencia, de mansedumbre, de paz.

 
retiro febrero21Artist Name
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