Retiro del mes de marzo 2021

"Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia." (S. 44)

 Son palabras del salmo 44 dirigidas a Cristo. Y que chocan con esta imagen de Cristo atado a la columna, Nuestro Padre Jesús de la Salud, que tenemos expuesto, junto a la Virgen de la Esperanza Macarena. Impresiona el rostro de Jesús, de dolor, angustia, sufrimiento, tristeza, pesadumbre... Y su cuerpo, maltratado, torturado, ensangrentado... Se cumplen las palabras de Isaías: "sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres" (Is. 53, 2).

 ¿Dónde queda, Cristo, tu belleza, que decía el salmo, entre tanto sufrimiento? Tanta tortura, escarnio, humillación, la cruz, ya decía san Pablo que es "escándalo para los judíos, necedad para los gentiles" (1 Cor 1, 24). Dice Jesús en el evangelio: "Yo soy la Verdad (Jn 14, 6)..., para eso he venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad (Jn 18, 37)". Y si la belleza está en la Verdad, qué difícil resulta verla.

 Y aún así, al procesionar una imagen como esta, sobre todo en Andalucía, no es extraño oír un: "¡Guapo!". 

 Es preciso que aprendamos a mirar. Aprender a mirar, más allá de lo externo y lo aparente, sobre todo ahora en nuestra época del postureo y el exhibicionismo.

 Los cristianos de oriente hablan de "un ayuno de la vista", tan necesario cuando podemos ver todo con un click, esclavos de tantos reclamos visuales. Para ver la belleza de Cristo necesitamos vaciamiento del yo, confianza, amor, ternura, entrega completa... para poder descubrir en esta malparada figura la imagen exacta del amor absoluto.

 En una hermosa película de José Luis Garci, "Canción de cuna", se dice: "saber mirar es saber amar". Y ¡cuánto tenemos que aprender sobre el amor de Dios! Los hombres pensábamos en dioses vestidos de poderes, rodeados de astros, de presencia estremecedora, con alarde de potestad y dominio... pero ¡nunca Dios en una cruz! ¡Eso nunca! "Eso no te sucederá", como le dijo Pedro a Jesús. "Apártate de mí, que eres piedra que quiere hacerme tropezar" (Mt 16,23), que no sabes nada de la auténtica belleza del amor absoluto.

 Quiero aprender a mirarte, Cristo mío. Entonces, iré por pueblos y ciudades, por calles y avenidas, clamando: Sí tiene rostro Dios: ¡miradlo! Ecce homo! ¡Es Él! ¡Ese es su rostro! ¡el rostro de Dios!

 Y aprender a mirarle mediante la experiencia de la cruz personal, de nuestro sufrimiento aceptado, de nuestras llagas, por las que Dios puede entrar en nuestra vida; de nuestras heridas, por las que nuestra alma puede entrar en el misterio de la cruz. Quien aprende esta ciencia desentraña la paradójica belleza de Cristo. 

 Este Jesús atado a la columna está adornado con esas potencias doradas que le coronan. La gloria de Dios brilla en la desfigurada faz de Cristo; es una majestad que el sentido de la vista no es capaz de percibir, porque es una belleza que no es de este mundo. 

Es lo que me contaron de un hombre que, hace años, quedó viudo cuando el cáncer le arrebató a su mujer. Y decía -¡paradoja!- que él se llevaba muy bien con esa enfermedad, a pesar de su mala prensa: "Cómo embellece el cáncer! -confesaba-. Poco a poco le fue quitando todo lo que le sobraba, avivó y purificó su espíritu, la fue haciendo más hermosa. Sus últimos días... la dejó hecha un ángel".

 Cristo no acabó con el sufrimiento, pero lo conquistó, lo transformó, lo redimió... nos enseñó a sufrir.

 Hay un libro de Mercedes Salisachs, titulado «El declive y la cuesta», donde se imagina la historia de Dimas, el buen ladrón, y de su madre. El título está muy bien traído, porque expresa la caída de la vida de Dimas y su ascenso al compartir el suplicio de Cristo en el monte Calvario. Y esta mujer, la madre del ladrón,  viendo a Jesús en la cruz, y preguntándose sobre su identidad, dice:

—Dios nunca hubiera llegado a tanto suplicio. Y una amiga le contesta:

—El amor de Dios puede llegar a esos extremos. Tal vez pretenda explicarnos la importancia del dolor, la necesidad de sufrir. Una vez dijo: «Yo soy el camino».

 Como Paul Claudel escribió: «Dios no ha venido a suprimir el sufrimiento. Ni siquiera a explicarlo. Ha venido a llenarlo de su presencia». Jesús no nos prometió evitarnos el sufrimiento, pero sí acompañarnos -desde dentro- en el dolor, ¡¡¡que no es poco!!!

 "¡No es malo el sufrimiento!", debemos gritar los seguidores de nuestro maltrecho Jesús. Lo malo es no hacer del sufrimiento sacrificio de amor. Es posible sufrir amando, y así ser transformados por Él hasta que la misma gloria de Dios brille también hasta en nuestra cara.

 La gente sencilla y piadosa no necesita teologías para advertir la belleza de sus Cristos de Pasión. Cristo enamora. Sí. ¡Cristo enamora a los pequeños y sencillos de corazón! "Gracias, Padre, porque así te ha parecido mejor. Has revelado estas cosas a los pequeños de este mundo, a los que este mundo tiene por pequeños" (Mt 11, 25).

 Aprovecha esta nueva Semana Santa sin procesiones populares, para contemplar en silencio estas imágenes, y será tu mejor Semana Santa.

 Señora de la Esperanza, ayúdame para que mi embrutecido corazón aprenda a mirar a tu Hijo, para que mirándole advierta su singular belleza, y que comprenda que la fealdad que Él porta no es otra que la de mis propios pecados, con los que Él ha querido cargar para a mí embellecerme. Y así obtenga yo para mi alma algo de tu hermosa belleza, Madre mía.

 

 

Salmo 22 (21)

1 Sobre «la cierva de la aurora». Salmo de David.

2 Dios mío, Dios mío,

¿por qué me has abandonado?

A pesar de mis gritos,

mi oración no te alcanza.

3 Dios mío, de día te grito,

y no respondes;

de noche, y no me haces caso.

4 Porque tú eres el Santo

y habitas entre las alabanzas de Israel.

5 En ti confiaban nuestros padres;

confiaban, y los ponías a salvo;

6 a ti gritaban, y quedaban libres;

en ti confiaban, y no los defraudaste.

7 Pero yo soy un gusano, no un hombre,

vergüenza de la gente, desprecio del pueblo;

8 al verme, se burlan de mí,

hacen visajes, menean la cabeza:

9 «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;

que lo libre si tanto lo quiere».

10 Tú eres quien me sacó del vientre,

me tenías confiado en los pechos de mi madre;

11 desde el seno pasé a tus manos,

desde el vientre materno tú eres mi Dios.

12 No te quedes lejos,

que el peligro está cerca

y nadie me socorre.

13 Me acorrala un tropel de novillos,

me cercan toros de Basán;

14 abren contra mí las fauces

leones que descuartizan y rugen.

15 Estoy como agua derramada,

tengo los huesos descoyuntados;

mi corazón, como cera,

se derrite en mis entrañas;

16 mi garganta está seca como una teja,

la lengua se me pega al paladar;

me aprietas contra el polvo de la muerte.

17 Me acorrala una jauría de mastines,

me cerca una banda de malhechores;

me taladran las manos y los pies,

18 puedo contar mis huesos.

Ellos me miran triunfantes,

19 se reparten mi ropa,

echan a suerte mi túnica.

20 Pero tú, Señor, no te quedes lejos;

fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

21 Líbrame a mí de la espada,

y a mi única vida de la garra del mastín;

22 sálvame de las fauces del león;

a este pobre, de los cuernos del búfalo.

23 Contaré tu fama a mis hermanos,

en medio de la asamblea te alabaré.

24 «Los que teméis al Señor, alabadlo;

linaje de Jacob, glorificadlo;

temedlo, linaje de Israel;

25 porque no ha sentido desprecio ni repugnancia

hacia el pobre desgraciado;

no le ha escondido su rostro:

cuando pidió auxilio, lo escuchó».

26 Él es mi alabanza en la gran asamblea,

cumpliré mis votos delante de sus fieles.

27 Los desvalidos comerán hasta saciarse,

alabarán al Señor los que lo buscan.

¡Viva su corazón por siempre!

28 Lo recordarán y volverán al Señor

hasta de los confines del orbe;

en su presencia se postrarán

las familias de los pueblos,

29 porque del Señor es el reino,

él gobierna a los pueblos.

30 Ante él se postrarán los que duermen en la tierra,

ante él se inclinarán los que bajan al polvo.

Me hará vivir para él,

31 mi descendencia lo servirá;

hablarán del Señor a la generación futura,

32 contarán su justicia al pueblo que ha de nacer:

«Todo lo que hizo el Señor».