Retiro joven enero 2022


Una de las páginas escritas más bellas que existen es la del Sermón de la Montaña, recogido en los capítulos 5 a 7 del Evangelio de San Mateo.


Cuando el Papa Francisco publicó en 2018 la exhortación Gaudete et exsultate, documento sobre la llamada a la santidad en la vida cotidiana, utilizó de guía las Bienaventuranzas, con las que empieza el Sermón de la Montaña, porque «las Bienaventuranzas no son para súper-hombres, -como decía en otra ocasión- sino para quien afronta los desafíos y las pruebas de cada día».


Empieza indicando el Papa en este documento que bienaventurado es sinónimo de feliz y también sinónimo de santo. Pero este camino a la felicidad que propone Jesús es distinto a lo que se suele oír en los libros de autoayuda.


Mt 5, 3: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa.

Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.


Todos los reformadores que prometen a los hombres una mejoría de su suerte la hacen depender de revoluciones políticas o de transformaciones sociales. Destruirán para mejor reconstruir, tras de lo cual el mundo será más dichoso. Jesús, que no es un charlatán, procede exactamente a la inversa. Sus discípulos no serán dichosos más tarde: lo son ya desde ahora mismo.


Eso mismo es lo que recordó Francisco cuando estuvo en Abu Dabi, dirigiéndose a una minoría de cristianos que viven su fe a contracorriente:

«No serás bienaventurado, sino que eres bienaventurado: esa es la primera realidad de la vida cristiana. No consiste en un elenco de prescripciones exteriores para cumplir o en un complejo conjunto de doctrinas que hay que conocer. Ante todo, no es esto; es sentirse, en Jesús, hijos amados del Padre. Es vivir la alegría de esta bienaventuranza, es entender la vida como una historia de amor, la historia del amor fiel de Dios que nunca nos abandona y quiere vivir siempre en comunión con nosotros».


Entender así la vida como una historia de Amor incondicional de Dios. «En esto consiste la vida eterna, que te conozcan a Ti, Padre, y al que Tu has enviado» (Jn 17, 3).


«Bienaventuranza», en su sentido bíblico original, se refiere a felicidad perfecta, aquella para la que fuimos creados. Una felicidad que se hace realidad sobre la certeza de que Dios nos ama infinitamente.


Como dejó escrito un artista: Si Dios tuviera un refrigerador, tendría tu foto pegada en él.

Si El tuviera una cartera, tu foto estaría dentro de ella.

El te manda flores cada primavera.

El te manda un amanecer cada mañana.

Cada vez que tú quieres hablar, El te escucha.

El puede vivir en cualquier parte del universo, pero El escogió tu corazón.

Dios no te prometió días sin dolor, risa sin tristeza, sol sin lluvia, pero El si prometió fuerzas para cada día, consuelo para las lágrimas, y luz para el camino.

Descubrir esto, sentirlo y vivirlo nos dice Cristo que es el secreto de la vida, aquí y en la eternidad.


También descubrimos otra paradoja en el camino marcado por Jesús, cuando nos habla de lágrimas y persecución, y es que si buscamos la felicidad nos condenamos a no encontrarla. El hombre, cuya condición normal es la de ser dichoso, no está hecho para buscar la felicidad sino para buscar el bien, para ser justo. La felicidad es un don que Dios nos hace y que deriva de nuestra fidelidad a su voluntad de Dios. La dicha es una consecuencia, no un fin. Nosotros no tenemos otro fin que el mismo Dios.


¿En qué pienso yo que está la felicidad?


Un viejo maestro de escuela llevó globos a su aula y regaló uno a cada alumno. A cada niño le pidió que pusiera su nombre en el globo que les había regalado, los dejaran en el suelo y salieran de la clase. Una vez afuera, les dijo: "Tenéis cinco minutos para que cada uno encuentre el globo que lleva su nombre". Los alumnos entraron corriendo a buscar cada uno el globo con su nombre escrito. Se atropellaban unos a otros. Los globos revoloteaban con tanto movimiento de los niños. Se terminaron los 5 minutos y ninguno había podido encontrar el globo que llevaba su nombre. El maestro les dijo ahora: "Coged cualquier globo y entregárselo al dueño del nombre que lleva anotado". En apenas un par de minutos todos los alumnos ya tenían el suyo en la mano. Finalmente, dijo el maestro: "Chicos, los globos son como la felicidad. Nadie la va a encontrar buscando la suya solamente. En cambio, si cada uno se preocupa por la del otro, encuentra rápido la que le pertenece".


Como decía el filósofo Kierkegaard: «La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más».


Jesús nos ha enseñado a los cristianos que la dicha toca en suerte a los que no la buscan, a los que no se buscan a sí mismos, sino que buscan a Dios y saben encontrarlo en la persona de sus hermanos.


Hoy más que nunca, en una sociedad obsesionada por el bienestar propio, la comodidad, la diversión, la autorrealización... Miremos a los santos, los más felices, que se olvidaron de sí mismos. Como hace tanta gente cada día, que se entrega por completo a lo que más merece la pena, servir a los demás, hacer de este mundo algo mejor. Es la santidad de la puerta de al lado, como dice Francisco, cuyo sacrificio pasa desapercibido, pero que hace la vida bienaventurada.


Mira a Jesús en la Custodia, porque en Él se cumplen todas las Buenaventuranzas. Jesús, son tu mejor descripción, de tu Persona, de tu vida. Tú eres la entrega total por amor y a la vez en ti está la Felicidad perfecta.