Acercarse al Misterio de la Navidad (retiro joven diciembre)




Mirad, contemplad atentas las naciones..., quedad estupefactos, atónitos: pues en vuestros días se hará tal obra que no la creeríais si os la contasen (Hab, 1, 5). Estas palabras del profeta Habacuc bien pueden ayudarnos esta tarde, para prepararnos a asomarnos al gran misterio de la Navidad.

Lo cuenta Scott Hahn, autor converso, muy conocido en Estados Unidos. Casado, con varios hijos, ya todos católicos, fueron a Tierra Santa. Visitaron la Basílica del Nacimiento en Belén. Allí tuvieron que esperar colas largas, había mucha gente, y apenas pudieron detenerse tiempo en el lugar del Nacimiento. Todo esto hizo que su hija, preadolescente, estuviera quejica y sin interés por todo aquello. A la salida, dentro de las posibles actividades organizadas, estaba la visita a un orfanato, a lo cual ella sí quiso ir. Entonces ocurrió algo importante. Los cuidadores de los niños, al ver a una chica tan joven, quisieron que cogiera a los bebés, tan faltos de cariño. En ella salió el instinto maternal y quedó emocionada profundamente con esa experiencia, mientras cogía y mimaba a los numerosos niños que la pasaban. Tanto la afectó que hoy, ya casada y con hijos, tiene una ONG y sigue visitando Israel para ayudar a los numerosos niños huérfanos.

La experiencia de esa niña, de coger a un recién nacido entre brazos y quedar profundamente conmovida, le ocurrió también a otra niña, hace 2000 años, y a un joven, esposo de ella, y a unos pastores, y a unos sabios venidos de Oriente, y hasta a las criaturas celestiales... Y desde entonces ¡cuántos cristianos han descubierto a este Niño! ¡Cuántos santos sabemos que tenían esa cercanía con Jesús Niño!

Y es que un niño recién nacido no es un gatito o perrito, por simpáticos que puedan ser... sino un misterio, encerrado en algo tan débil. En nuestra religión el gran Misterio se hace también un bebé. Otras religiones hablan de un único Dios verdadero, como en la nuestra, pero es un dios solitario. En otras religiones hay varios dioses, que incluso luchan entre ellos. Todo esto influye en nosotros con repercusiones morales. Pero nadie jamás podría imaginar un Dios que es familia, que es Trinidad, que es Amor Absoluto, entrega y donación total al Otro. Nuestra fe nos exige creer en este amor estable, eterno, infinito, permanente, inmortal y sobrenatural.

Ese Amor llega a superar toda lógica. Y por eso tampoco "ninguna mente humana se habría atrevido a soñar siquiera la Navidad. La Navidad nos diferencia. La Navidad nos caracteriza. También nos llama a compartir el amor divino con todo el mundo, incluidos los no creyentes", dice Hahn.

¡Y lo más inaudito es cuando ese Dios, al hacerse niño indefenso, quiere ser cuidado por sus criaturas! Y nos dice que le cuidamos a Él cuando cuidamos a los débiles, enfermos, agonizantes, niños no deseados... Porque Él mismo fue todo eso.

Claro, todo empieza en la cuna: sigue en la cruz, permanece en la custodia y concluye en tu corazón y en el mío. ¡Jesús, te veo aquí presente en la Eucaristía! ¡Esta Navidad quiero abrirte de par en par la puerta de mi alma!

¡Con gritos de júbilo, anunciarlo y proclamadlo, publicadlo hasta el confín de la tierra!, se dice en la Liturgia. Decía también Hahn: "Si alguna vez echamos de menos la alegría en nuestras vidas, tendríamos que reconocer que necesitamos una nueva evangelización".

¡Dios mío, que me dé cuenta de qué es lo que celebramos!: ¡Un Dios que te haces querer tanto! María, madre mía, causa de nuestra alegría, muéstranos la auténtica alegría, fruto bendito de tu vientre!