Reflexión del Retiro Joven. Martes 16 de Febrero




Una vez un joven economista, recién licenciado en un máster en marketing y finanzas, con una carrera profesional prometedora, en un momento de descanso de sus múltiples viajes, vio a un pescador ya entrado en años que estaba recostado contra su barca y fumando una pipa. Y el joven profesional tuvo con él el siguiente diálogo:

-¿Por qué no ha salido a pescar?

- Porque ya he pescado bastante hoy.

-¿Y por qué no pesca más de lo que necesita?

-¿Y qué iba a hacer con ello?

-Ganaría más dinero. De ese modo podría poner un motor a su barca. Entonces podría ir a aguas más profundas y pescar más peces. Entonces ganaría lo suficiente para comprarse unas redes de nylon, con la que obtendría más peces y más dinero. Pronto ganaría para tener dos barcas... y hasta una verdadera flota. Entonces sería rico.

- ¿Y que haría entonces?

- Podría... sentarse y disfrutar de la vida.

- ¿Y qué crees que estoy haciendo en este preciso momento? - es lo que respondió el satisfecho pescador.


Últimamente se ha hecho famoso un profesor italiano, Nuccio Ordine, con su libro "La utilidad de lo inútil", al recordar que las cosas inútiles son las más importantes de la vida. Una de esas cosas inútiles pero importante es la verdadera amistad. Ya Aristóteles decía que "sin amigos nadie escogería vivir, aunque tuviera todos los demás bienes".


Y es verdad que lo que más tememos los hombres, más que ninguna otra cosa, es la total carencia de afecto. Como decía Santa Teresa de Calcuta: la soledad es la mayor de las pobrezas.


Pero, ¿es posible encontrar amigos de verdad? ¿Amigos fieles, desinteresados? ¿No somos todos un poco interesados? El mejor amigo sería aquel que no espera ningún provecho útil de nosotros, el que simplemente es amigo. Y ¿existe alguien así?


El libro del Génesis, escrito hace miles de años, presenta una imagen de Dios admirable, cuando dice: "el Señor Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa,... llamó a Adán y le dijo: «¿Dónde estás?»" (Gn 3, 8-9).


Es una imagen cargada de belleza: un Dios amigo de los hombres, que después de la jornada, les busca para darse un paseo con ellos, para disfrutar de una grata conversación, con la agradable temperatura que proporciona la brisa, tras el calor del día. Y pregunta en voz alta, como el amigo que llega de visita: "¿dónde estás? ¿estás por aquí? ¿qué tal el día?". Es lo mismo que revelará Dios en el libro de los Proverbios: "mis delicias están con los hijos de los hombres" (Prov 8, 31).


Esta imagen sorprendente de un Dios así se cumple especialmente con la llegada de Cristo. Ya transcurrida gran parte de la jornada de la historia humana, el mismo Dios baja a pasearse entre los hombres. Y así, por ejemplo, en el evangelio leemos que cuando Jesús ve que están agotados aquellos que están junto a Él les dice: "Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco" (Mc 6, 31).


Y es que Dios, desde que se hizo hombre en Jesús, nos busca a cada uno, y pregunta por nosotros: "¿dónde estás?". ¡Dios lleva toda la eternidad buscando tu amistad!


Muchos cristianos quizá acuden a misa con frecuencia, y van a la Iglesia, y rezan... pero no han descubierto en Jesús al Amigo íntimo que es Dios.


La vida de Cristo es la de una persona que tiene muchas amistades, y las desea como el que más; así lo muestra continuamente el evangelio, cuando dice «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» (Jn 11, 5), y ante el joven rico, «Jesús, mirándolo, lo amó» (Mc 10, 21), y a los apóstoles, «¿no habéis podido velar conmigo una hora?» (Mt 26, 40), y a Judas, «Amigo, ¿para qué has venido?» (Mt 26, 50), y en el Apocalipsis, «Si alguien me abre entraré y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20). Y le criticarán porque se va a comer hasta con publicanos y pecadores.


Jesús, tú llamas a mi puerta. Y no me entero porque quizá tengo la música puesta, o la batidora, o el home cinema... ¡Estoy muy ocupado en hacer cosas «útiles»!


Hay una frase del escritor Maurice Maeterlinck que dice «Ningún hombre es realmente mi amigo, hasta que no hemos aprendido a guardar silencio en nuestra mutua compañía». Simplemente comiendo pipas o tomando unos cervezas; esto último lo añado yo.


Decíamos antes si puede haber una amistad totalmente desinteresada. Sí. Dios no tiene necesidad del ser humano. Sólo Dios es capaz de estar a tu lado en silencio, sin pedirte nada. Como ahora.


Unas de las últimas palabras de Jesús, la noche antes de morir, a sus discípulos, fueron: «ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos» (Jn 15, 15). Y le pide al Padre Celestial: «Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy» (Jn 17, 24).


Podemos decirle a Cristo, aquí presente: «quiero perder el tiempo contigo, simplemente estar contigo, que eres el Amigo. Y descubrir lo que es la Amistad».


Y descubrir, como el anciano pescador del principio, sabio, lo que después de todo, más merece la pena en la vida. Pedimos para ello ayuda a nuestra Madre, asiento de la sabiduría.



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