Retiro joven abril 2022




Los relatos de la resurrección, que nos han llegado de cada uno de los evangelios, coinciden en lo principal, aunque difieren en algunos detalles. Los evangelios, que no son pródigos en pormenores, fueron escritos por personas sin cualidades literarias. Las descripciones exhaustivas y las reflexiones profundas quedan reservadas para el lector. Juan sí incluyó algunos detalles, propios del testigo directo, como es la posición de los lienzos en los que el cuerpo de Jesús fue envuelto, que seguían plegados pero vacíos, y que es lo que le llevó a creer; o el hecho de que él, Juan, por ser más joven llegó primero a la tumba, y también por eso, y por deferencia, esperó a Pedro para entrar.

Sobre la aparición a María Magdalena encontramos a una mujer que había empezado una vida nueva gracias a Jesús. Él curó todas las heridas de su alma. Y ahora se lo han arrebatado. Sólo piensa en ese dolor, vive en ese dolor, sólo ve dolor. Y cuenta las horas para que pase el Sabath y poder ir a embalsamar el cuerpo destrozado de Jesús.

Podemos imaginar su angustia cuando llega ella sola, atrevida y valiente, al sepulcro y ve la tumba vacía, quizá saqueada, profanada, con lo único que le quedaba para manifestarle su amor. Su desesperación es tal que no atiende a razones. Ni de Pedro y Juan, ni de criaturas celestiales. Ella cae al suelo, y llora, y oculta su rostro entre las manos. La vida ya no vale nada. Los seres humanos somos monstruos sin salvación. Ya todo da igual. Lo de ser buenos o malos da totalmente igual. El Cielo está vacío. No existe la Verdad, ni el Bien ni la Belleza.


Nuestra vida tiene tiene altibajos, pero lo más habitual es un estado de ánimo de "ir tirando", "sobreviviendo" solemos decir, con alegrías de bajos vuelos. Recuerdo hace años, antes de ordenarme, un compañero de trabajo me dio el siguiente consejo: "tú no digas siempre que estás bien, porque los jefes te mandarán más trabajo; quéjate con frecuencia". Y es verdad que a veces está bien vista la queja y el cinismo.

Hace poco también me encontré con un amigo en el pueblo de mis padres. Me contaba que estaba allí con su hijo pequeño pasando las vacaciones de Semana Santa. Exultaba con poder ir al pueblo, sobre todo para su niño, y en gran parte, para desconectar del clima habitual de malas noticias. Me pareció buena idea el poder olvidar, durante un tiempo al menos, tantas cosas negativas que nos rodean. Me parece que no es cerrar los ojos a la realidad, sino, al contrario, abrir más los ojos a la realidad, que tiene más de cosas buenas que malas.


También los apóstoles estuvieron cegados por la tristeza y el miedo, encerrados en el cenáculo. Y no serían capaces de creer a las mujeres. Como dice uno de los personajes del escritor Cormac McCarthy: "La luz está en todas partes, lo que pasa es que usted no ve más que sombra alrededor. Y la sombra es usted. Usted hace la sombra" (Sunset Limited). Es cierto, hay mucha luz a nuestro alrededor, y muchas veces sólo estamos hablando de las sombras. Basta salir a la calle y mirar. A mi me admira ya simplemente que todo esté organizado para que haya jardineros y barrenderos que limpian y embellecen lo que es de todos. Me encanta que continuamente la gente se dé las gracias, aunque no se conozcan. Incluso cuando veo que se critica a la Iglesia pienso que eso es gracias a vivir en una cultura cristiana, en la que se exige que la Iglesia sea ejemplar, porque muy en el fondo subsiste la idea de que la Iglesia debe ser santa.

Aún así, nuestras vidas tienen un sustrato de tristeza, que intentamos compensar en parte con pequeñas alegrías. ¿Pero y si hubiese algo tan grande que hiciera la vida absolutamente maravillosa, más allá de todos los problemas? ¿Algo que dejara realmente una sustrato de alegría inmensa, a pesar de las posibles tristezas y problemas? En Madrid y otras ciudades se ha hecho una campaña publicitaria con motivo de la Semana Santa con carteles que anuncian: "Jesús ha resucitado". El lema de la campaña es: Frente a la tristeza, epidemia de esta sociedad, la respuesta es la esperanza cristiana.


Miremos de nuevo a la Magdalena: María, a ti se te ha perdonado mucho porque has amado mucho. Tú eres la elegida por Dios, te has merecido ser la primera, porque Jesús, a tu lado a visto tus lágrimas.


Y oí una gran voz desde el trono que decía: «He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el “Dios con ellos” será su Dios». Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido. Y dijo el que está sentado en el trono: «Mira, hago nuevas todas las cosas». Y dijo: «Escribe: estas palabras son fieles y verdaderas». Y me dijo: «Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tenga sed yo le daré de la fuente del agua de la vida gratuitamente. El vencedor heredará esto: yo seré Dios para él, y él será para mí hijo (Ap 21, 3-7).

Recuerdo que al poco de ordenarme celebré misa a las Carmelitas, y después me invitaron junto al capellán a tener un rato de tertulia con ellas. Nunca había hablado así con ellas. Nunca había visto el convento por dentro. Y me sorprendió el ambiente de profunda alegría que se respiraba entre ellas. Creo que ellas son capaces de ver la verdad, el bien y la belleza más que nosotros. La clave está, como María Magdalena, en descubrir a Cristo no como una filosofía, o una tradición, o unos mandatos, sino como una Persona viva, quizá a nuestra espalda, pero presente junto a nosotros en nuestro día a día,

Jesús, sólo Tú superas toda tristeza y miedo. Ayúdame para saber escucharte pronunciar mi nombre: como ese ¡María!, o como ese ¿Pedro, me amas?

Ellos tampoco te reconocieron a la primera. Ayúdame a saber reconocerte también en el niño, en el anciano, en el enfermo, en el necesitado.

Virgen María, consígueme esa alegría, tuya que nada la puede destruir, al saber que el que mereciste llevar en tu seño ha resucitado verdaderamente.